Es una tarde fría de invierno las temperaturas son muy bajas, delgados y largos carámbanos se forman a lo largo del tejado de la casa de madera donde se encuentra. Acurrucada en el viejo sofá del abuelo. Tapada con la suave y aterciopelada manta de estampado de ciervos que una vez fue de su madre. En sus manos una ardiente taza de chocolate para ahuyentar el frió y entrar en calor. Aunque sabe que no lo esta lo suficiente como para calentar su interior. En el antiguo televisor se reproduce aquella película que ha visto miles de veces y de la que nunca se cansa. Esa que le hace recordar todos y cada uno de los segundos pasados en esta misma casa cuando era pequeña. Los abrazos de su madre, el olor a a las galletas de la abuela, la risa de su padre al entrar por la puerta después de un duro día de trabajo. El olor a pipa que desprendía el abuelo... Tan presentes todavía Un pequeño sorbo mas al humeante chocolate mientras saladas lagrimas caen solitarias de sus enormes ojos de gacela. Llevándose con ellas un poco de rimel y otro poco de dolor a partes iguales. Un largo suspiro y apaga el televisor pensando en como han cambiado las cosas, lo sola que esta ahora, y da el último sorbo dejando un gusto dulce y empalagoso que se mezcla con el salado de las lagrimas que rozan sus rosados e hinchados labios a causa del frío. Se acurruca un poco más absorbiendo el olor que desprende la manta y al poco tiempo cae en un largo sueño donde vuelve a la misma casa hace 25 años. Cuando era una pequeña y pecosa niña de 5 años que no sabia lo que le deparaba el cruel futuro.
Deseando quedarse para siempre, no despertar jamás...

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